La madrasa tal y como se ve hoy fue establecida a finales del siglo XVI por el sultán Ahmad al-Mansur, de la dinastía saadí, aunque ya antes había existido en este lugar una escuela religiosa. Durante su apogeo, llegó a albergar hasta 900 estudiantes, lo que le valió la reputación de ser el mayor colegio islámico del norte de África en aquella época.
Estudiantes de toda la región viajaron a Marrakech para estudiar teología, derecho y otras disciplinas académicas. Vivían en modestas celdas dormitorio dispuestas alrededor del patio central, creando una comunidad académica autónoma dentro de la medina.
Con el tiempo, el papel de la madrasa como institución docente fue decayendo y acabó cerrándose. En el siglo XX, grandes esfuerzos de restauración preservaron cuidadosamente su intrincada azulejería de zellige, la madera de cedro tallada y la decoración de estuco. Reabierto como monumento histórico, ahora se considera uno de los mejores ejemplos supervivientes de la arquitectura saadí de Marruecos y sigue siendo una parte esencial del patrimonio cultural de Marrakech.
























































